19 dic 2011

Una noche

Por: Alexpor.

Te gusta pasear de noche. Con el ajetreo de los automóviles, el ruido de los pobladores, las luces que denotan el esplendor de la ciudad. Tienes hambre, pero qué importa si tienes la oportunidad de pasear de noche.

El bullicio, las compras nocturnas, el cielo oscuro que fomenta esperanza; caminas y te sientas en la esquina, te quitas la boina, la sacudes, le soplas un poco, debe estar presentable.

La sinfonía que crea el andar de las personas; algunos tropezones por la irregularidad de la calle, las sonrisas hipócritas que se dan unos a otros, buscando más bien el contenido de las cajas con listones y forradas con papel para regalo. El eco de las monedas de a peso, que se caen accidentalmente de los bolsillos; algunos las recogen, otros las dejan ir, algunos otros no se percatan de la pérdida. Algunas veces te estiras para alcanzar el dinero, otras tantas tienes que desistir.

Recuerdas aquella vez, en la que el señor de gafas quería comprar un periódico con un billete de cien pesos, el del puesto de periódicos no tuvo suficiente cambio. Ya se retiraba el señor, cuando lo detuvo el vendedor:

―Permítame, ahorita se lo cambio.

Se acercó a la señora que compite contigo, le dijo unas palabras por lo bajo, la señora levantó su rebozo con mucha precaución y sacó dos billetes de veinte, uno de cincuenta y una moneda de cinco pesos.

―Hay veces que se lleva más que yo― dijo el vendedor al entregarle el cambio a su cliente.

Recuerdas el incidente con una sonrisa, piensas en la buena vida de aquella mujer, que siempre trae niños diferentes para dar lástima. A veces vende alegrías, y sin embargo, nunca puede calmar al niño. En ocasiones le ayudas a cuidarlo, sientes compasión por el pequeño, él no tiene la culpa de vivir así, o de no vivir.

Por fin te llegan ganancias. Pedir limosna es una ocupación deshonrosa, siempre los has pensado, por lo que sólo bajas la cabeza y estiras la boina; no mereces ver los ojos de los que se apiadan. Son diez pesos en pequeñas monedas, te pones la boina y la aprietas para que no se salga el dinero. Hay que cuidarlo, hace mucho que no comes.

Escuchas a la señora de la competencia:

― ¡Me regala una moneda, por favor!

Estira su bandeja para que le hagan caso; ella disfruta su ocupación.
La calle comienza a vaciarse.

― ¿A dónde va vecino? ¿Ya reunió suficiente? ―te pregunta con hipocresía.

― Sí, a ver para qué me alcanza.

El niño llora, te conmueves, no soportas el llanto del infante.

― Ha de tener hambre ―sugiere ella.

Te apiadas, lo recoges sin decir palabra. Sabes que diez pesos sólo va a alcanzar para él. Te lamentas…sabes que hace mucho que no comes…

“¿Qué importa? Te gusta pasear de noche”


DICIEMBRE 2011

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