Por: Manuel León.
- En ese momento, te vi.
Marco terminaba la anécdota de la primera impresión que le dejo su novia Alexia. Ella lo miraba sonriente con los ojos llorosos. Sentía que su corazón latía diez veces más rápido y su respiración disminuía proporcionalmente. La voz de su amado era un nuevo bautizo para ella.
- Eres increíble – le dijo besando sus pequeños labios.
No pasó mucho tiempo antes que debieran despedirse.
Él regresaría a su casa por un sendero diferente, pero Alexia pasaría por el infierno sin notarlo.
Camino a su casa, Alexia pasaba junto de personas tiradas en el suelo por culpa del alcohol, algunas no recordaban en dónde estaban. Las mujeres pidiendo unas monedas con su mano derecha mientras intentan cargar a su hijo con la otra. El niño con la cara quemada por el Sol, sin ánimos para sonreír o saber lo que significa dicho verbo. Incluso junto personas que por razones del maldito destino, deben pedir ayuda con sus gritos silenciosos, los cuales se encuentran en sus miradas perdidas.
- Por el amor de Dios, ¿podría darme algo?
Preguntaba una anciana; su cabeza cubierta por un “chal” de colores y usando un vestido de tela sumamente delgada, no eran suficiente para cubrirla de la fuerza del invierno. Pero a ella, sólo le importaba extender su mano; con las articulaciones desgastadas, las uñas largas y unas manchas de mugre por tanto tiempo en el suelo.
Alexia pasaba de largo, ignorando sus palabras. Ella camina despreocupada mientras el infierno se mostraba a su alrededor.
Al pasar junto de un edificio cuyas paredes estaban tapizadas con carteles de “CLAUSURADO”: un hombre sentado en la banqueta miraba el suelo con tristeza.
- ¿Qué le diré a mi hijo? – decía derramando lágrimas en el pequeño charco debajo suyo, éste podría confundirse con un pequeño mar de lagrimas – ‘Estamos en la “banca rota”’ – Pensaba por otro instante mientras limpiaba sus lágrimas – O tal vez, ‘Cariño, la calle será demasiado para nosotros’.
El hombre aflojó su corbata, se la quitó y la lanzó al suelo. Después se fue caminando con la cabeza baja y sus manos en los bolsillos de su pantalón. Alexia no lo sabía, pero aquel hombre no llegaría a su casa sólo para atarse una soga al cuello y saltar.
Al pasar junto de un comercio de televisores, las noticias anunciaban:
- No hay de qué preocuparse, el dinero nos sobra.
Si Alexia hubiese visto lo que ocurría a su alrededor, tal vez sabría que ese comercial era una falacia tan grande y extensa con la Muralla China.
Pero Alexia sólo recordaba las palabras de Marco y su juramento de amor hacia ella. Nada más le importaba. Ella vivía en la nube más confortable de la Tierra, dónde seguramente; el próximo en echarse una soga al cuello sería su padre, la anciana pidiendo limosna sería su madre, y la mujer cargando un niño mientras pide una moneda con la otra: ella.
Porque Alexia regresaba de tener relaciones sexuales con Marco. Las cuentas de la empresa donde había invertido su padre se iban abajo. Y su madre, tan acostumbrada a los lujos, enloquecería al saber que pronto verían el infierno que tenemos junto de nosotros: la pobreza.
Todo ese infierno sería acompañado de una melodía comúnmente conocida como: El Cascanueces.
“Miremos a nuestro alrededor, nuestro semejante también es un ser humano.” -
DICIEMBRE 2011
- En ese momento, te vi.
Marco terminaba la anécdota de la primera impresión que le dejo su novia Alexia. Ella lo miraba sonriente con los ojos llorosos. Sentía que su corazón latía diez veces más rápido y su respiración disminuía proporcionalmente. La voz de su amado era un nuevo bautizo para ella.
- Eres increíble – le dijo besando sus pequeños labios.
No pasó mucho tiempo antes que debieran despedirse.
Él regresaría a su casa por un sendero diferente, pero Alexia pasaría por el infierno sin notarlo.
Camino a su casa, Alexia pasaba junto de personas tiradas en el suelo por culpa del alcohol, algunas no recordaban en dónde estaban. Las mujeres pidiendo unas monedas con su mano derecha mientras intentan cargar a su hijo con la otra. El niño con la cara quemada por el Sol, sin ánimos para sonreír o saber lo que significa dicho verbo. Incluso junto personas que por razones del maldito destino, deben pedir ayuda con sus gritos silenciosos, los cuales se encuentran en sus miradas perdidas.
- Por el amor de Dios, ¿podría darme algo?
Preguntaba una anciana; su cabeza cubierta por un “chal” de colores y usando un vestido de tela sumamente delgada, no eran suficiente para cubrirla de la fuerza del invierno. Pero a ella, sólo le importaba extender su mano; con las articulaciones desgastadas, las uñas largas y unas manchas de mugre por tanto tiempo en el suelo.
Alexia pasaba de largo, ignorando sus palabras. Ella camina despreocupada mientras el infierno se mostraba a su alrededor.
Al pasar junto de un edificio cuyas paredes estaban tapizadas con carteles de “CLAUSURADO”: un hombre sentado en la banqueta miraba el suelo con tristeza.
- ¿Qué le diré a mi hijo? – decía derramando lágrimas en el pequeño charco debajo suyo, éste podría confundirse con un pequeño mar de lagrimas – ‘Estamos en la “banca rota”’ – Pensaba por otro instante mientras limpiaba sus lágrimas – O tal vez, ‘Cariño, la calle será demasiado para nosotros’.
El hombre aflojó su corbata, se la quitó y la lanzó al suelo. Después se fue caminando con la cabeza baja y sus manos en los bolsillos de su pantalón. Alexia no lo sabía, pero aquel hombre no llegaría a su casa sólo para atarse una soga al cuello y saltar.
Al pasar junto de un comercio de televisores, las noticias anunciaban:
- No hay de qué preocuparse, el dinero nos sobra.
Si Alexia hubiese visto lo que ocurría a su alrededor, tal vez sabría que ese comercial era una falacia tan grande y extensa con la Muralla China.
Pero Alexia sólo recordaba las palabras de Marco y su juramento de amor hacia ella. Nada más le importaba. Ella vivía en la nube más confortable de la Tierra, dónde seguramente; el próximo en echarse una soga al cuello sería su padre, la anciana pidiendo limosna sería su madre, y la mujer cargando un niño mientras pide una moneda con la otra: ella.
Porque Alexia regresaba de tener relaciones sexuales con Marco. Las cuentas de la empresa donde había invertido su padre se iban abajo. Y su madre, tan acostumbrada a los lujos, enloquecería al saber que pronto verían el infierno que tenemos junto de nosotros: la pobreza.
Todo ese infierno sería acompañado de una melodía comúnmente conocida como: El Cascanueces.
“Miremos a nuestro alrededor, nuestro semejante también es un ser humano.” -
DICIEMBRE 2011
