Por: Xiuhcoatl.
El agua del río fluye, los pájaros cantan… los restos innominables, pútridos, famélicos y sedientos de sangre se arrastran… levanta sus extremidades, roídas por ratas… El cráneo esta descubierto, los músculos que le rodeaban están rotos, la piel está desgarrada… Su rostro, necrotizado y terrible, negro y con la piel reseca, hecha jirones… Incómodo lo observas, le analizas, le temes.
Corres por la colina, verde y brillante, el pasto es suave, la luz del sol resalta los árboles. La luz crepuscular atraviesa las ramas, ahora podridas y ominosas, que se levantan contra ti, como obscenas imágenes macabras de épocas que ahora apoyan su horrible y tremendo peso en tu alma. Sigues corriendo con la aborrecible sensación de que algo te observa, de que millones de ojos se dirigen a ti con la intención de hacer que caigas en la locura. Lo logran. Volteas a la colina, el pasto, verde igual que antes, se manifiesta aún más verde, insano, un demonio que a tus pies espera para dar inicio a una trampa que te dará muerte y bailará sobre tu tumba al compas de antiguos y misteriosos ritmos de locura.
Estás abstraído, imaginas el universo, las estrellas y galaxias, constelaciones que no lo son, cúmulos infinitos de estrellas eternas que no arden en tu presencia. La luz de las estrellas se refleja en tus oscuros ojos, les dan profundidad, como profundos e infinitos agujeros negros que devoran la luz y todo cuanto se posa frente a ellos, como monstruos insaciables con hambre y tamaño infinito o por lo menos incalculable.
La luz del sol ha desaparecido, estas sólo en el inerte espacio, al borde del abismo, donde seres sin nombre, sin rostro, y sin vida habitan, esperando a sus víctimas, indefensas y sacrificadas en su nombre. Pero hay algo que no puedes evitar notar, pero no te das cuenta de qué. Sientes sueño, tus fuerzas te abandonan y tus párpados caen. Estás débil, indefenso ante el universo entero.
Tu conciencia regresa a la Tierra, continuas corriendo por la colina, huyendo del cadáver andante, de un hombre maldito. Cuesta arriba esta el camino, la salvación.
El recorrido parece eterno, irreal, deslumbrante, trastocado de una forma espantosa. El paisaje es la imagen más alucinante posible, una representación física de pasajes insanos y sin cordura, salidos de la mente más retorcido, parecido pero no equiparable en confuso, a un dibujo de Escher, o una pintura surrealista de Dalí, ni estos maestros habrían podido dar lugar en su mente a una creación tan macabra como la que estas viendo. Los árboles y sus ramas se extienden y mueven en ángulos imposibles, dan la horrenda sensación de movimiento, como columnas enredadas en serpientes que se mueven y avanzan, y llevan la columna de un lado a otro, mientras las culebras te atacan y no puedes moverte, no puedes reaccionar.
Los pájaros ya no cantan, hablan y pronuncian palabras malditas, como súcubos que te torturan mientras te persiguen.
Volteas para verificar lo que ya sabes, y vez a lo lejos, perdido en el horizonte, cubierto de maleza y gusanos, tierra y aves picoteando su podrido cuerpo, la silueta del cadáver caminante, al que no pudiste enfrentar en vida, al que el deseo de venganza regresó a la Tierra después de su entierro involuntario. Lo vez avanzando, lento, con paso firme, incansable, inalcanzable, con sus cuencas vacías reflejando la maldita oscuridad que has visto y ahora te persigue como un lobo hambriento.
Regresas la vista y sigues corriendo, hacia delante, ya no importa, no avanzas es interminable tu camino, y el espectro que va detrás ti si lo hace, camina y avanza, lento pero firme. Tus pupilas se dilatan, tus ojos se inyectan de sangre, el terror y el pánico se apoderan de tu cuerpo, que ahora se detiene, no puedes moverte. Presa del pánico y la angustia estás inmóvil, observando como el gul se acerca hacia ti, como un pavo esperando la navidad, sin poder hacer nada, aguardando ser sacrificado para el deleite de tu depredador, capturado impotente.
Te intentas mover, pero solo haces que tu cuerpo se petrifique aún más. Un viento demencial comienza a soplar en tu dirección, y arroja en tu faz hojas y ramas pequeñas que tu sientes como miles de pequeñas agujas punzantes en tu piel hipersensible. El viento produce sonidos macabros, que suenan en tus oídos como trompetas a todo volumen y hacen que tus orejas expulsen sangre como si vomitasen. Y la sangre cae en tus manos, y te quema y duele como al más horrible e infernal tormento posible.
El cadáver está más cerca de ti, lo sabes, lo sientes. Huele tu sangre, chorreando de tu cabeza, ahora por tus lacrimales, tus fosas nasales, tu boca, que se inunda de sangre grotescamente, y te empieza a ahogar, con ese impío sabor férreo emanando en tu lengua y deslizándose por tu garganta, tapándola e impidiéndote respirar, acrecentando aún más la angustia y el terror que sientes, como si estuvieras en la peor de las más satánicas pesadillas.
El cadáver se encuentra ya a solo unos pasos de ti, ya no hay escapatoria, su sed de sangre, hambre de muerte, está posada sobre ti, como una máquina militar a punto de dispara a su objetivo localizado y sin mínima oportunidad de escape.
El ser se abalanza sobre ti, sus manos negras, podridas y huesudas te sostienen del cuello y aprietan con un fuerza descomunal e inexplicable. Tu garganta sangrante se cierra aún más y el dolor se hace presente. Un dolor infernal.
El cadáver abre sus pútridas y necróticas mandíbulas, se pueden ver sus negras piezas dentales y su garganta atascada de tierra y sangre, de partes de cadáveres de animales pequeños. Sus dientes se clavan en tu piel hipersensible y sientes un dolor indescriptible al fluir fuera de tu cuerpo la sangre y al sentir los dientes del muerto clavados en tu brazo.
Poco a poco, el cadáver que se da un festín con tu cuerpo, convierte el ataque en una carnicería, mientras la sangre vuela y mancha el pasto de la colina que ha vuelto a ser normal, los árboles, manchados del fluido carmesí de tu cuerpo, lucen de nuevo como seres vivos comunes, sin implicaciones fantasmagóricas. Tu alma abandona tu cuerpo, y éste se apaga. A los ojos del mundo, has muerto.
Los rayos del sol crepuscular se terminan al fin, la noche, hermosa y fría, se presenta, el día acabo, y tu vida corpórea con él. Aún no te vas de la Tierra, estás sobre todo, observando, y vez como tu cuerpo frío y mordisqueado, se mueve otra vez, recupera la vida, pero ya no es tuyo. Ya no más…
MAYO 2012
El agua del río fluye, los pájaros cantan… los restos innominables, pútridos, famélicos y sedientos de sangre se arrastran… levanta sus extremidades, roídas por ratas… El cráneo esta descubierto, los músculos que le rodeaban están rotos, la piel está desgarrada… Su rostro, necrotizado y terrible, negro y con la piel reseca, hecha jirones… Incómodo lo observas, le analizas, le temes.
Corres por la colina, verde y brillante, el pasto es suave, la luz del sol resalta los árboles. La luz crepuscular atraviesa las ramas, ahora podridas y ominosas, que se levantan contra ti, como obscenas imágenes macabras de épocas que ahora apoyan su horrible y tremendo peso en tu alma. Sigues corriendo con la aborrecible sensación de que algo te observa, de que millones de ojos se dirigen a ti con la intención de hacer que caigas en la locura. Lo logran. Volteas a la colina, el pasto, verde igual que antes, se manifiesta aún más verde, insano, un demonio que a tus pies espera para dar inicio a una trampa que te dará muerte y bailará sobre tu tumba al compas de antiguos y misteriosos ritmos de locura.
Estás abstraído, imaginas el universo, las estrellas y galaxias, constelaciones que no lo son, cúmulos infinitos de estrellas eternas que no arden en tu presencia. La luz de las estrellas se refleja en tus oscuros ojos, les dan profundidad, como profundos e infinitos agujeros negros que devoran la luz y todo cuanto se posa frente a ellos, como monstruos insaciables con hambre y tamaño infinito o por lo menos incalculable.
La luz del sol ha desaparecido, estas sólo en el inerte espacio, al borde del abismo, donde seres sin nombre, sin rostro, y sin vida habitan, esperando a sus víctimas, indefensas y sacrificadas en su nombre. Pero hay algo que no puedes evitar notar, pero no te das cuenta de qué. Sientes sueño, tus fuerzas te abandonan y tus párpados caen. Estás débil, indefenso ante el universo entero.
Tu conciencia regresa a la Tierra, continuas corriendo por la colina, huyendo del cadáver andante, de un hombre maldito. Cuesta arriba esta el camino, la salvación.
El recorrido parece eterno, irreal, deslumbrante, trastocado de una forma espantosa. El paisaje es la imagen más alucinante posible, una representación física de pasajes insanos y sin cordura, salidos de la mente más retorcido, parecido pero no equiparable en confuso, a un dibujo de Escher, o una pintura surrealista de Dalí, ni estos maestros habrían podido dar lugar en su mente a una creación tan macabra como la que estas viendo. Los árboles y sus ramas se extienden y mueven en ángulos imposibles, dan la horrenda sensación de movimiento, como columnas enredadas en serpientes que se mueven y avanzan, y llevan la columna de un lado a otro, mientras las culebras te atacan y no puedes moverte, no puedes reaccionar.
Los pájaros ya no cantan, hablan y pronuncian palabras malditas, como súcubos que te torturan mientras te persiguen.
Volteas para verificar lo que ya sabes, y vez a lo lejos, perdido en el horizonte, cubierto de maleza y gusanos, tierra y aves picoteando su podrido cuerpo, la silueta del cadáver caminante, al que no pudiste enfrentar en vida, al que el deseo de venganza regresó a la Tierra después de su entierro involuntario. Lo vez avanzando, lento, con paso firme, incansable, inalcanzable, con sus cuencas vacías reflejando la maldita oscuridad que has visto y ahora te persigue como un lobo hambriento.
Regresas la vista y sigues corriendo, hacia delante, ya no importa, no avanzas es interminable tu camino, y el espectro que va detrás ti si lo hace, camina y avanza, lento pero firme. Tus pupilas se dilatan, tus ojos se inyectan de sangre, el terror y el pánico se apoderan de tu cuerpo, que ahora se detiene, no puedes moverte. Presa del pánico y la angustia estás inmóvil, observando como el gul se acerca hacia ti, como un pavo esperando la navidad, sin poder hacer nada, aguardando ser sacrificado para el deleite de tu depredador, capturado impotente.
Te intentas mover, pero solo haces que tu cuerpo se petrifique aún más. Un viento demencial comienza a soplar en tu dirección, y arroja en tu faz hojas y ramas pequeñas que tu sientes como miles de pequeñas agujas punzantes en tu piel hipersensible. El viento produce sonidos macabros, que suenan en tus oídos como trompetas a todo volumen y hacen que tus orejas expulsen sangre como si vomitasen. Y la sangre cae en tus manos, y te quema y duele como al más horrible e infernal tormento posible.
El cadáver está más cerca de ti, lo sabes, lo sientes. Huele tu sangre, chorreando de tu cabeza, ahora por tus lacrimales, tus fosas nasales, tu boca, que se inunda de sangre grotescamente, y te empieza a ahogar, con ese impío sabor férreo emanando en tu lengua y deslizándose por tu garganta, tapándola e impidiéndote respirar, acrecentando aún más la angustia y el terror que sientes, como si estuvieras en la peor de las más satánicas pesadillas.
El cadáver se encuentra ya a solo unos pasos de ti, ya no hay escapatoria, su sed de sangre, hambre de muerte, está posada sobre ti, como una máquina militar a punto de dispara a su objetivo localizado y sin mínima oportunidad de escape.
El ser se abalanza sobre ti, sus manos negras, podridas y huesudas te sostienen del cuello y aprietan con un fuerza descomunal e inexplicable. Tu garganta sangrante se cierra aún más y el dolor se hace presente. Un dolor infernal.
El cadáver abre sus pútridas y necróticas mandíbulas, se pueden ver sus negras piezas dentales y su garganta atascada de tierra y sangre, de partes de cadáveres de animales pequeños. Sus dientes se clavan en tu piel hipersensible y sientes un dolor indescriptible al fluir fuera de tu cuerpo la sangre y al sentir los dientes del muerto clavados en tu brazo.
Poco a poco, el cadáver que se da un festín con tu cuerpo, convierte el ataque en una carnicería, mientras la sangre vuela y mancha el pasto de la colina que ha vuelto a ser normal, los árboles, manchados del fluido carmesí de tu cuerpo, lucen de nuevo como seres vivos comunes, sin implicaciones fantasmagóricas. Tu alma abandona tu cuerpo, y éste se apaga. A los ojos del mundo, has muerto.
Los rayos del sol crepuscular se terminan al fin, la noche, hermosa y fría, se presenta, el día acabo, y tu vida corpórea con él. Aún no te vas de la Tierra, estás sobre todo, observando, y vez como tu cuerpo frío y mordisqueado, se mueve otra vez, recupera la vida, pero ya no es tuyo. Ya no más…
MAYO 2012