Por: Alexpor.
De pronto, nuestras miradas se cruzaron. No había deseos, preocupaciones o pensamientos en común; nos unimos por azar. Fugaz, curioso, efusivo instante en que nuestras almas se enlazaron.
Caminábamos en línea recta, con direcciones contrarias, cuando nuestras miradas juguetean y se conectan. Sus ojos son marrones, sus labios rojísimos, que resaltan por su rostro pálido. Ella sonríe, yo también. Es un conqueteo ingenuo y vivaz. Nuestros ojos están atraídos y se quedan así hasta que pasamos uno al lado del otro. Nuestras miradas vuelven hacia el frente.
Ahí siento cómo me detengo, veo que ella también. Volteamos, otra vez nos miramos mutuamente; nos acercamos y nos besamos. Un nuevo y azaroso momento. Nuestros labios se despegan y ahí está la conexión. Volvemos a unir nuestras bocas: se siente bien, estamos ahora en un viaje que nos atrapa; conquistamos el disfrute. Después me veo más allá, arropado en su lindo cuerpo, gozando y aprendiendo. Pero anhelo más. Viajamos al paraíso una y otra vez. Son como saltos en un trampolín que nos permiten ver más allá del cielo.
No pienso en lo propio, ni en lo ajeno; ni en lo veraz, ni en lo falso. No hay cielo ni infierno, ni paz ni guerra; tampoco sonidos ni silencios, ni caminos ni paradas. Las naciones desaparecen progresivamente y se llevan a la política. Ya no hay familia, ni patria, ni costumbres, ni religiones. Es un momento, simplemente, el que me muestra todo y nada. El trayecto sigue y veo nuestra herencia, nuestra descendencia; veo cómo crece y se aleja. Nuevamente me quedo solo, con ella como único enlace hacia el paraíso. Veo cómo pasa el tiempo; ella y yo nos debilitamos, envejecemos y sentimos el dolor del otro. Poco a poco nos abruma la enfermedad, sufrimos después de todo. Paso a paso, nuestra energía se consume y ―por fin― ella perece primero…
Pero no. Ahora veo que seguimos en línea recta, ya muy lejos uno del otro y caminando en direcciones opuestas.
De pronto, nuestras miradas se cruzaron. No había deseos, preocupaciones o pensamientos en común; nos unimos por azar. Fugaz, curioso, efusivo instante en que nuestras almas se enlazaron.
Caminábamos en línea recta, con direcciones contrarias, cuando nuestras miradas juguetean y se conectan. Sus ojos son marrones, sus labios rojísimos, que resaltan por su rostro pálido. Ella sonríe, yo también. Es un conqueteo ingenuo y vivaz. Nuestros ojos están atraídos y se quedan así hasta que pasamos uno al lado del otro. Nuestras miradas vuelven hacia el frente.
Ahí siento cómo me detengo, veo que ella también. Volteamos, otra vez nos miramos mutuamente; nos acercamos y nos besamos. Un nuevo y azaroso momento. Nuestros labios se despegan y ahí está la conexión. Volvemos a unir nuestras bocas: se siente bien, estamos ahora en un viaje que nos atrapa; conquistamos el disfrute. Después me veo más allá, arropado en su lindo cuerpo, gozando y aprendiendo. Pero anhelo más. Viajamos al paraíso una y otra vez. Son como saltos en un trampolín que nos permiten ver más allá del cielo.
No pienso en lo propio, ni en lo ajeno; ni en lo veraz, ni en lo falso. No hay cielo ni infierno, ni paz ni guerra; tampoco sonidos ni silencios, ni caminos ni paradas. Las naciones desaparecen progresivamente y se llevan a la política. Ya no hay familia, ni patria, ni costumbres, ni religiones. Es un momento, simplemente, el que me muestra todo y nada. El trayecto sigue y veo nuestra herencia, nuestra descendencia; veo cómo crece y se aleja. Nuevamente me quedo solo, con ella como único enlace hacia el paraíso. Veo cómo pasa el tiempo; ella y yo nos debilitamos, envejecemos y sentimos el dolor del otro. Poco a poco nos abruma la enfermedad, sufrimos después de todo. Paso a paso, nuestra energía se consume y ―por fin― ella perece primero…
Pero no. Ahora veo que seguimos en línea recta, ya muy lejos uno del otro y caminando en direcciones opuestas.
FIN
MAYO 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario