Por: L. Carolyn.
“¡Yo no lo he hecho!, ¡¿Me escuchan?, ¡Yo no he sido! …”
Los golpes en el suelo, el calor de las antorchas besando mi rostro, las cuerdas cortando mi piel, y el lazo de cuero lacerando mi espalda.
Las paredes lloraban, no, no hay nada a mi alrededor y el limo color verde que escurre de las paredes parece hacerse cada día más espeso, si, ¿Es la soledad la que me está hablando?, respondo a sus quejidos con más lamentos.
El hedor de la habitación ha recorrido ya todo mi cuerpo, no me sorprende saber que he perdido la cuenta de cuantos días llevo aquí, tampoco me importa mucho lo grave de mis heridas, a estas alturas las gotas que caen sobre mi cabeza ya se han hecho parte de mi, se que las gotas de agua putrefacta ya han comido parte de mi piel y empiezan a llegar a mi cráneo pero eso no me importa en este momento.
Abrí mis ojos después de unas horas de forzado sueño debido a mi cansancio, escuchaba el golpeteo de los cascos de miles de caballos cruzando del otro lado de las paredes que me aprisionaban, pasaban tranquilos sin saber que me encontraba justo debajo de ellos, escuchando cada uno de sus pasos, que solo podían recordarme la miserable situación en la que me encontraba, los golpes eran acompasados e iban formando juntos una melodía fúnebre.
Aunque mis manos estaban atadas a la silla en la que estaba sentada, me movía bruscamente, pero estas no cedieron, la silla tampoco se movió de lugar, los clavos que la mantenían unida al suelo no me darían la oportunidad de por lo menos huir de esta asquerosa gotera que penetra mi cabeza, mi cuello estaba unido al respaldo de la silla con un aro de metal, mi espalada arde también, pero sé que nadie vendrá en mi ayuda, nadie me cree, una bruja ¿Yo?, jamás lo aceptaría frente al tribunal, no, eso jamás.
La puerta se abrió bruscamente, era un vez más el juez, seguido por las brillantes antorchas que al entrar terminaron por deslumbrarme, la luz después de tanto tiempo era dolorosa, mi cabeza duele, arde, todo es… demasiado.
– ¡Ya te sientes lista para confesar asquerosa hereje!- su voz es gruesa, estoy aturdida, pero no por estar en tan deplorable situación cederé ante este hombre que, a su “sano” juicio cree que hace algún tipo de “justicia”.
- ¡Jajajajajajajaja!- rio irónicamente.
– ¿Crees que ya me he rendido?, tu… tu y todo tu tribunal me dan asco…- , escupí lo poco que me quedaba de saliva en la boca, tan solo verlo me causaba un odio inmenso.
-¡Bien! Tuve suficiente… ¡Llévenla!- mi cuello se libero de ese arzón de metal y mi espalda se doblo cual papel, soltó un ronco quejido, me arrastraron por un pasillo lleno de puertas, los gritos de dolor de las otras habitaciones llenaban mis oídos, sentía también su dolor, me juré a mi misma la venganza de estas pobres almas.
Si, ahí estaba mi tumba final, un ataúd lleno de picos.
-¡NO! ¡NO! – mis gritos eran como silencio a los oídos de los jueces del tribunal, qué más daba, la muerte de otra más.
Antes de ser encerrada por toda la eternidad en ese ataúd mortal veo por última vez los ojos del viejo que me mira con odio, ¿O será morbo?, que recuerde mi mirada, ya no refleja miedo, como la primera vez que me interrogaron, no, no tenía miedo a la muerte, ahora solo recordaría el rostro de ese hombre.
Los pico se clavaron en mi cuerpo como miles de relámpagos atravesándome, pero el pagaría cada gota de sangre, si, esa sería la fuerza que mantendría mi alma en este lugar, porque aun muerta, ese hombre “justo” que seguía la “palabra de dios” jamás estaría solo, yo me encargaré de susurrarle sus crímenes por toda la eternidad.
NOVIEMBRE 2011
“¡Yo no lo he hecho!, ¡¿Me escuchan?, ¡Yo no he sido! …”
Los golpes en el suelo, el calor de las antorchas besando mi rostro, las cuerdas cortando mi piel, y el lazo de cuero lacerando mi espalda.
Las paredes lloraban, no, no hay nada a mi alrededor y el limo color verde que escurre de las paredes parece hacerse cada día más espeso, si, ¿Es la soledad la que me está hablando?, respondo a sus quejidos con más lamentos.
El hedor de la habitación ha recorrido ya todo mi cuerpo, no me sorprende saber que he perdido la cuenta de cuantos días llevo aquí, tampoco me importa mucho lo grave de mis heridas, a estas alturas las gotas que caen sobre mi cabeza ya se han hecho parte de mi, se que las gotas de agua putrefacta ya han comido parte de mi piel y empiezan a llegar a mi cráneo pero eso no me importa en este momento.
Abrí mis ojos después de unas horas de forzado sueño debido a mi cansancio, escuchaba el golpeteo de los cascos de miles de caballos cruzando del otro lado de las paredes que me aprisionaban, pasaban tranquilos sin saber que me encontraba justo debajo de ellos, escuchando cada uno de sus pasos, que solo podían recordarme la miserable situación en la que me encontraba, los golpes eran acompasados e iban formando juntos una melodía fúnebre.
Aunque mis manos estaban atadas a la silla en la que estaba sentada, me movía bruscamente, pero estas no cedieron, la silla tampoco se movió de lugar, los clavos que la mantenían unida al suelo no me darían la oportunidad de por lo menos huir de esta asquerosa gotera que penetra mi cabeza, mi cuello estaba unido al respaldo de la silla con un aro de metal, mi espalada arde también, pero sé que nadie vendrá en mi ayuda, nadie me cree, una bruja ¿Yo?, jamás lo aceptaría frente al tribunal, no, eso jamás.
La puerta se abrió bruscamente, era un vez más el juez, seguido por las brillantes antorchas que al entrar terminaron por deslumbrarme, la luz después de tanto tiempo era dolorosa, mi cabeza duele, arde, todo es… demasiado.
– ¡Ya te sientes lista para confesar asquerosa hereje!- su voz es gruesa, estoy aturdida, pero no por estar en tan deplorable situación cederé ante este hombre que, a su “sano” juicio cree que hace algún tipo de “justicia”.
- ¡Jajajajajajajaja!- rio irónicamente.
– ¿Crees que ya me he rendido?, tu… tu y todo tu tribunal me dan asco…- , escupí lo poco que me quedaba de saliva en la boca, tan solo verlo me causaba un odio inmenso.
-¡Bien! Tuve suficiente… ¡Llévenla!- mi cuello se libero de ese arzón de metal y mi espalda se doblo cual papel, soltó un ronco quejido, me arrastraron por un pasillo lleno de puertas, los gritos de dolor de las otras habitaciones llenaban mis oídos, sentía también su dolor, me juré a mi misma la venganza de estas pobres almas.
Si, ahí estaba mi tumba final, un ataúd lleno de picos.
-¡NO! ¡NO! – mis gritos eran como silencio a los oídos de los jueces del tribunal, qué más daba, la muerte de otra más.
Antes de ser encerrada por toda la eternidad en ese ataúd mortal veo por última vez los ojos del viejo que me mira con odio, ¿O será morbo?, que recuerde mi mirada, ya no refleja miedo, como la primera vez que me interrogaron, no, no tenía miedo a la muerte, ahora solo recordaría el rostro de ese hombre.
Los pico se clavaron en mi cuerpo como miles de relámpagos atravesándome, pero el pagaría cada gota de sangre, si, esa sería la fuerza que mantendría mi alma en este lugar, porque aun muerta, ese hombre “justo” que seguía la “palabra de dios” jamás estaría solo, yo me encargaré de susurrarle sus crímenes por toda la eternidad.
NOVIEMBRE 2011
