Por: L. Carolyn
El viento comenzaba a jalar mi ropa, mi cabello volaba locamente, tratando de seguir el camino del viento, supe entonces que una tormenta estaría por llegar, pero encaprichada por seguir mi camino tome las llaves del auto y corrí a la cochera, Salí rápidamente. Como era de esperarse el tráfico me agarro a mitad de camino, como era posible que tantas personas utilizaran el coche diariamente y que no optaran por el transporte público, la bicicleta o simplemente caminar… pero en realidad no tenía a quien reclamarle yo también estaba utilizando el carro. Después de casi una hora y media me vi, por fin, saliendo de la ciudad los edificios comenzaban a desaparecer y las casas con los muros desnudos, sin pintar y los tejados de lamina se hacían presentes, pronto ya no quedo nada, solo eran largos pastizales de un color amarillento y yo atravesando la carretera a gran velocidad, no pensaba en nada, en realidad no sabía a dónde dirigirme, simplemente manejaba, mi vida siempre había sido dentro de la ciudad y esta era la primera vez que escapaba de esa contaminada y gris selva de enormes edificios y grandes avenidas, continúe mi camino y me percate que en ningún lado había yo visto árbol alguno, todo era árido, no se escuchaba el rumor de algún riachuelo cercano, o de las aves cantando, solo se escuchaba un seco silencio.
Cuando pensé que ya había avanzado demasiado, continué avanzando pero la velocidad nunca bajo, y mientras más subía , veía las cosas debajo de mi más y más pequeñas y entonces decidí detenerme, no había nadie en el camino, había tomado una desviación, un pequeño caminito terregoso que al final me trajo hasta acá, pero el lugar estaba desolado realmente no había nadie aquí, mire por mi espejo retrovisor y me di cuenta que la ciudad de la que había salido había desparecido completamente de mi vista, mis ventanas seguían arriba, pero aun así tenía mucho frío, puse mis manos sobre el volante y arranque de nuevo, seguí subiendo por una colina hasta que de pronto la gasolina se agotó, desesperada baje de mi auto, ahora me encontraba a la mitad de una colina, pero a diferencia de todo el camino que había recorrido, aquí quedaban los viejos huesos de lo que algún día fue un gran bosque, unos enormes y cafés círculos negros se extendían por todo el piso, horrorizada descubrí el por qué no había arboles en todo el camino, todos habían sido talados cruelmente, y habían desaparecido rápidamente, pero mi agonía fue interrumpida por el olor mas deliciosos y exquisito que jamás haya conocido, un olor tan sutil y delicioso, decidí seguirlo, sin pensarlo dos veces me adentre en aquel cementerio de arboles y camine y camine, hasta que el olor era tan cercano que casi podía tocarlo, cerrando mis ojos me deje guiar por él, y cuando este ya me había inundado por completo abrí los ojos y , si, frente a mi estaban pequeñas arbustitos que se extendían e iban creciendo, camine más viendo como los arbustos se convertían en flores, las flores engrosaban su tronco y más adelante, arboles y arboles colmaban mi vista, el aire era tan ligero tan delicioso tan…limpio.
Llovía, el cielo había retumbado y ahora llovía, las gotas no habían caído sobre mi, ni una sola me había mojado, y por fin, al ver la cima de la montaña, supe que por fin podría ¡RESPIRAR! Acción que hacía ya años había podido hacer. Y al respirar de tal manera, me di cuenta que las gotas besaban mi piel y que ellas me susurraban cosas que solo yo podría escuchar, pues unas lloraban por sus amigos árboles caídos, y otras reían al ver que las personas allá abajo en la ciudad estarían mojados, y tendrían que entrar en sus casas, algunas otras con una exaltación y entusiasmo me contaban lo felices que eran al saber que con su ayuda las semillas se volverían frondosos y hermosos arboles y unas otras con pesadez caían porque aun que sabían que los arboles crecerían el hombre los volvería a cortar, porque sabían que aun que mojaran a los hombres y estos entraran en sus casas ellos seguirían cortando los arboles, porque sabían más que nada que a nadie le importaba, pero todas iban acompañadas de esa triste melodía que me decía que aquel lugar en el que me encontraba era tal vez la ultima colina con árboles, arbustos y flores y por suerte había quedado olvidada para los ojos del monstruo : el hombre…
Caí de rodillas llorando desconsoladamente, pues entonces supe que yo también era un monstruo.
MARZO 2012
El viento comenzaba a jalar mi ropa, mi cabello volaba locamente, tratando de seguir el camino del viento, supe entonces que una tormenta estaría por llegar, pero encaprichada por seguir mi camino tome las llaves del auto y corrí a la cochera, Salí rápidamente. Como era de esperarse el tráfico me agarro a mitad de camino, como era posible que tantas personas utilizaran el coche diariamente y que no optaran por el transporte público, la bicicleta o simplemente caminar… pero en realidad no tenía a quien reclamarle yo también estaba utilizando el carro. Después de casi una hora y media me vi, por fin, saliendo de la ciudad los edificios comenzaban a desaparecer y las casas con los muros desnudos, sin pintar y los tejados de lamina se hacían presentes, pronto ya no quedo nada, solo eran largos pastizales de un color amarillento y yo atravesando la carretera a gran velocidad, no pensaba en nada, en realidad no sabía a dónde dirigirme, simplemente manejaba, mi vida siempre había sido dentro de la ciudad y esta era la primera vez que escapaba de esa contaminada y gris selva de enormes edificios y grandes avenidas, continúe mi camino y me percate que en ningún lado había yo visto árbol alguno, todo era árido, no se escuchaba el rumor de algún riachuelo cercano, o de las aves cantando, solo se escuchaba un seco silencio.
Cuando pensé que ya había avanzado demasiado, continué avanzando pero la velocidad nunca bajo, y mientras más subía , veía las cosas debajo de mi más y más pequeñas y entonces decidí detenerme, no había nadie en el camino, había tomado una desviación, un pequeño caminito terregoso que al final me trajo hasta acá, pero el lugar estaba desolado realmente no había nadie aquí, mire por mi espejo retrovisor y me di cuenta que la ciudad de la que había salido había desparecido completamente de mi vista, mis ventanas seguían arriba, pero aun así tenía mucho frío, puse mis manos sobre el volante y arranque de nuevo, seguí subiendo por una colina hasta que de pronto la gasolina se agotó, desesperada baje de mi auto, ahora me encontraba a la mitad de una colina, pero a diferencia de todo el camino que había recorrido, aquí quedaban los viejos huesos de lo que algún día fue un gran bosque, unos enormes y cafés círculos negros se extendían por todo el piso, horrorizada descubrí el por qué no había arboles en todo el camino, todos habían sido talados cruelmente, y habían desaparecido rápidamente, pero mi agonía fue interrumpida por el olor mas deliciosos y exquisito que jamás haya conocido, un olor tan sutil y delicioso, decidí seguirlo, sin pensarlo dos veces me adentre en aquel cementerio de arboles y camine y camine, hasta que el olor era tan cercano que casi podía tocarlo, cerrando mis ojos me deje guiar por él, y cuando este ya me había inundado por completo abrí los ojos y , si, frente a mi estaban pequeñas arbustitos que se extendían e iban creciendo, camine más viendo como los arbustos se convertían en flores, las flores engrosaban su tronco y más adelante, arboles y arboles colmaban mi vista, el aire era tan ligero tan delicioso tan…limpio.
Llovía, el cielo había retumbado y ahora llovía, las gotas no habían caído sobre mi, ni una sola me había mojado, y por fin, al ver la cima de la montaña, supe que por fin podría ¡RESPIRAR! Acción que hacía ya años había podido hacer. Y al respirar de tal manera, me di cuenta que las gotas besaban mi piel y que ellas me susurraban cosas que solo yo podría escuchar, pues unas lloraban por sus amigos árboles caídos, y otras reían al ver que las personas allá abajo en la ciudad estarían mojados, y tendrían que entrar en sus casas, algunas otras con una exaltación y entusiasmo me contaban lo felices que eran al saber que con su ayuda las semillas se volverían frondosos y hermosos arboles y unas otras con pesadez caían porque aun que sabían que los arboles crecerían el hombre los volvería a cortar, porque sabían que aun que mojaran a los hombres y estos entraran en sus casas ellos seguirían cortando los arboles, porque sabían más que nada que a nadie le importaba, pero todas iban acompañadas de esa triste melodía que me decía que aquel lugar en el que me encontraba era tal vez la ultima colina con árboles, arbustos y flores y por suerte había quedado olvidada para los ojos del monstruo : el hombre…
Caí de rodillas llorando desconsoladamente, pues entonces supe que yo también era un monstruo.
MARZO 2012
