Por: Sabina Finn.
Introducción.
Creo que todos patearíamos perros si hubieran abusado de nosotros pero… el objetivo del cuento es evidenciar que la violencia genera más violencia.
El viento soplaba en la cara de Alicia mientras ella lloraba, levantándose del piso y arreglándose la blusa. Tenía frío, se sentía completamente humillada, impotente y enojada. Otra vez los hombres, los mismos hombres que siempre la miraban lascivamente desde la tienda de abarrotes. Pero esta vez, en lugar de decirle vulgaridades como de costumbre, habían hecho algo más. La habían acorralado, se habían burlado de ella y otras atrocidades. Alicia terminó hecha un ovillo en el piso, hasta que las sirenas de una patrulla ahuyentaron a los malhechores. Alicia odiaba a los hombres, profundamente. Hoy más que nunca. Como pudo caminó hacia su casa, con la firme decisión de asesinar al siguiente hombre que la disturbara en su andar. Sin embargo, el disturbio no fue un hombre, fui yo. Un pobre perro famélico que le olfateó los zapatos buscando comida. Alicia me lanzó una patada con todas sus fuerzas. Salí impulsado con un aullido desgarrador y, con miedo, corrí hacia la avenida.
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El viento entró en una ráfaga poderosa por la ventana del microbús que manejaba José. Le despeinó el poco cabello que aún tenía así que, molesto, cerró la ventana. El camión venía repleto. Por el espejo pudo ver cómo una anciana sufría con todos los paquetes que cargaba, sin que nadie le ofreciera un lugar para sentarse. Pudo ver a una mujer incómoda y desesperada con un joven desconsiderado que paseaba sus manos por las curvas de ella. Y también a dos niños cargados de paquetes que, con cansancio, miraban por la ventana. Los odiaba a todos, y odiaba a su trabajo. Por eso no le interesaba nada, ni la anciana ni la mujer ni los niños: los despreciaba profundamente. Por ellos estaba ahí. Era culpa de todos, de ellos, del viento, de todo el universo menos de él mismo. Regresó su mirada al camino para verme, un pobre perro famélico que con terror huía de las patadas de una niña recién abusada. Pudo haberme esquivado, sin embargo no lo hizo. Yo también tenía la culpa de sus males. Así que pisó más el acelerador, antes de que algún pasajero pudiera decir algo. Se sintió un golpe en el lado izquierdo del frente del microbús, y luego nada. Nadie alcanzó a escuchar mi segundo aullido, sólo Alicia, que miraba atónita desde el otro lado de la banqueta, sin saber por qué había hecho lo que acababa de hacer.
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Reposé en el piso con la cadera deshecha. El dolor no era mayor al que comúnmente siento por el hambre, así que no me sentí muy desdichado. Sólo decepcionado. No entiendo a los humanos. He encontrado a algunos cuántos que me dan comida. Otros sólo me miran con lástima y me acarician la cabeza. Otros, me patean y me lastiman. ¿Qué es lo que hace diferente a unos de otros? A mí, en general, me parecen todos iguales. Claro que, con el tiempo, he aprendido a huir de los malos. Sí… la maldad se siente. Se siente quiénes viven pateando perros, destruyendo, haciendo sufrir a todo lo que existe, saciando sus frustraciones y su sed de sangre mediante la violencia. Se siente quiénes sólo sufren. Y también se siente quiénes van a darme un poco de comida, algo de agua, o tal vez sólo unas palmaditas en el lomo. Son muy pocos, pero creo que aún los hay. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué se destruye en vez de construir? ¿Por qué se responde a la violencia con más violencia?
“La respuesta está en el viento”… pienso con mi último aliento de canina vitalidad. La respuesta está en el viento….
MARZO 2012
Introducción.
Creo que todos patearíamos perros si hubieran abusado de nosotros pero… el objetivo del cuento es evidenciar que la violencia genera más violencia.
El viento soplaba en la cara de Alicia mientras ella lloraba, levantándose del piso y arreglándose la blusa. Tenía frío, se sentía completamente humillada, impotente y enojada. Otra vez los hombres, los mismos hombres que siempre la miraban lascivamente desde la tienda de abarrotes. Pero esta vez, en lugar de decirle vulgaridades como de costumbre, habían hecho algo más. La habían acorralado, se habían burlado de ella y otras atrocidades. Alicia terminó hecha un ovillo en el piso, hasta que las sirenas de una patrulla ahuyentaron a los malhechores. Alicia odiaba a los hombres, profundamente. Hoy más que nunca. Como pudo caminó hacia su casa, con la firme decisión de asesinar al siguiente hombre que la disturbara en su andar. Sin embargo, el disturbio no fue un hombre, fui yo. Un pobre perro famélico que le olfateó los zapatos buscando comida. Alicia me lanzó una patada con todas sus fuerzas. Salí impulsado con un aullido desgarrador y, con miedo, corrí hacia la avenida.
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El viento entró en una ráfaga poderosa por la ventana del microbús que manejaba José. Le despeinó el poco cabello que aún tenía así que, molesto, cerró la ventana. El camión venía repleto. Por el espejo pudo ver cómo una anciana sufría con todos los paquetes que cargaba, sin que nadie le ofreciera un lugar para sentarse. Pudo ver a una mujer incómoda y desesperada con un joven desconsiderado que paseaba sus manos por las curvas de ella. Y también a dos niños cargados de paquetes que, con cansancio, miraban por la ventana. Los odiaba a todos, y odiaba a su trabajo. Por eso no le interesaba nada, ni la anciana ni la mujer ni los niños: los despreciaba profundamente. Por ellos estaba ahí. Era culpa de todos, de ellos, del viento, de todo el universo menos de él mismo. Regresó su mirada al camino para verme, un pobre perro famélico que con terror huía de las patadas de una niña recién abusada. Pudo haberme esquivado, sin embargo no lo hizo. Yo también tenía la culpa de sus males. Así que pisó más el acelerador, antes de que algún pasajero pudiera decir algo. Se sintió un golpe en el lado izquierdo del frente del microbús, y luego nada. Nadie alcanzó a escuchar mi segundo aullido, sólo Alicia, que miraba atónita desde el otro lado de la banqueta, sin saber por qué había hecho lo que acababa de hacer.
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Reposé en el piso con la cadera deshecha. El dolor no era mayor al que comúnmente siento por el hambre, así que no me sentí muy desdichado. Sólo decepcionado. No entiendo a los humanos. He encontrado a algunos cuántos que me dan comida. Otros sólo me miran con lástima y me acarician la cabeza. Otros, me patean y me lastiman. ¿Qué es lo que hace diferente a unos de otros? A mí, en general, me parecen todos iguales. Claro que, con el tiempo, he aprendido a huir de los malos. Sí… la maldad se siente. Se siente quiénes viven pateando perros, destruyendo, haciendo sufrir a todo lo que existe, saciando sus frustraciones y su sed de sangre mediante la violencia. Se siente quiénes sólo sufren. Y también se siente quiénes van a darme un poco de comida, algo de agua, o tal vez sólo unas palmaditas en el lomo. Son muy pocos, pero creo que aún los hay. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué se destruye en vez de construir? ¿Por qué se responde a la violencia con más violencia?
“La respuesta está en el viento”… pienso con mi último aliento de canina vitalidad. La respuesta está en el viento….
MARZO 2012
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