13 dic 2011

Sobre los magos y su relación con los semáforos

Por: Isis Espinoza Robles.

Amo los circos, siempre lo hecho. Desde que tengo memoria.

Verán, mi padre también era un amante de los circos, incluso escribió un libro sobre ellos. Me heredo el amor por la fantasía circense, supongo.

Entonces, mientras se pone el semáforo en rojo, les contaré cómo fue mi encuentro con el circo. Mi encuentro real, dejemos lo metafórico a un lado.

Cuando era pequeña no soñaba con ser princesa. Era triste ¿saben? ¿Para qué ser princesa? Las princesas nunca hacen nada, no viven, no experimentan. Todo se los cuentan. Y yo quería contar. Así que decidí ser maga.

Una maga que viaja con el circo. Y platica, y juega a las cartas. Y conoce.
Una maga capaz de jugar con la realidad. Siempre me ha gustado jugar. Me parece muy importante.

En fin, iba en el metro. Jugando, como siempre, con las estaciones. Y las personas esperando a las estaciones; muy ansiosas. No sé cómo sea dónde viven ustedes, pero aquí todos son muy ansiosos.

No quise llegar a mi casa, las magas son libres. Les roban la libertad a las palomas que salen del sombrero, ¿sabían eso? Pobres palomas. Ni modo, hay que sacrificar cosas. Eso lo aprendí después.

Así que no llegue a mi casa. Me fui, compré un dulce y camine rumbo al circo.
"¡Quiero ser maga!" les grité al entrar. Creo que se espantaron un poco. Luego rieron.

Por azares del destino, me aceptaron. Pero no como maga. Mi trabajo era limpiar.
Me gustaba limpiar. Me gustaba cualquier cosa que me mantuviera dentro del circo.

Fueron tiempos difíciles, casi no comía. Y ya no era divertido. Siempre estaba sucia. No es que me molestara estar sucia, es sólo que me sentía rara cuando las personas me señalaban y se alejaban de mi. Por el olor supongo, espero.

Yo no entiendo porque se alejaban. Todos olemos y somos sucios. Hipócritas.
A veces, por ejemplo, escuchaba a las personas lamentándose de mi situación.
"Pobrecita, la explotan"

Sigo sin entender eso. Yo nunca explote. Y nunca me explotaron. En el circo no se usan las bombas. Que locura.

También me invitaban a comer, me daban dinero. No entiendo. ¿Para qué?

Si bien la vida en el circo no es fácil, no necesitaba dinero. En cualquier momento podía ir a casa.

Pero no podía. Mi casa era el circo.

Si bien seguía jugando no pude ser maga de circo. Me rendí demasiado pronto. Me desesperé, creo.

Y aún así, no quería volver a casa. Yo ya no tenía casa. Ahora que el circo se había acabado no tenía a dónde ir.

Finalmente establecí mi propia casa. Era muy bonita. Y había palomas por ahí, libres. Lejos del yugo del sombrero. Yo no quise domarlas, mi tiempo como maga había terminado.

Tenía cartón, y periódico. Seguía sucia, pero al final una se acostumbra a las miradas petulantes de la gente. Gente perfumada que siempre tiene prisa. Que perdida de tiempo. Esconden su naturaleza.

Yo no quería esconderme. Y no lo hice. O al menos eso me digo en las noches, cuando no puedo dormir.

Tuve que conseguir un trabajo. No podía seguir de ociosa. Sólo las princesas son ociosas, y yo no quería ser una princesa.

Así que me puse a trabajar. Limpiando la suciedad. Irónico ¿no? Pero ¿qué le vamos a hacer? A las personas les gusta tener todo limpio. Creen, ingenuamente, que eso les dará claridad, estabilidad. Ni modo, hay que respetar las creencias ajenas. Y como sus creencias me alimentaban, pues lo aproveché.

Limpio vidrios. Es un trabajo muy bueno. Me permite jugar. Ser maga de nuevo. Los semáforos dan mucha libertad. Un alto puede durar un minuto. Puede durar dos, tres vidrios limpios. Puede durar un acto de magia, una presentación de malabarismo. Un alto dura un buen chiste.

A mi me gustan mucho. Y respeto a los conductores que no quieren jugar, se entiende. Tienen sus propios juegos: llegar temprano al trabajo, no pelearse con la novia, comprar una televisión a meses sin intereses, ver si sus celulares son lo suficientemente modernos y caros.

Es curioso, porque sus juegos cambian con el tiempo. Al principio son los juguetes y una serpiente enrollada que, por lo que he escuchado, pertenece a unos reyes. Le dicen rosca. Luego es el amor, siempre el amor. Pero no el amor como nosotros lo conocemos, su amor es extraño. Es en un sólo día y se compone de papel y palabras repetidas. También de regalos.

Otro juego es el de los tres colores y los gritos. En ese juego se grita mucho. No entiendo bien en qué consiste, tiene que ver con la historia, dicen.

El que más me gusta es el último, se trata de comer mucho y otra vez de regalos. Les gustan mucho los regalos. También tienen uvas, son como fichas que intercambian por cosas que quieren hacer, pero nunca hacen. Me parece muy absurdo, si uno quiere hacer algo, lo hace sin necesidad de fichas, aunque lo entiendo. Así son los juegos.

Yo no participo de los juegos, yo me dedico a limpiar y a esconder lo que no quieren que los demás vean.

Vivo bien. Después de todo no soy como ellos. Yo soy una maga. Y ser una maga es una gran tarea. Digna de vivirse a diario.

Lo mejor es que no soy princesa. Es muy triste ser princesa, yo creo que eso es lo que ellos son. Princesas y príncipes. Con unos castillos que son cárceles disfrazadas. Con lo mucho que les gusta disfrazarse y esconderse.

Pero bueno, se ha puesto el alto de nuevo y yo debo ir a hacer magia.
Con su permiso.


DICIEMBRE 2011

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