Por: R.R.
Despiertas en la cama de un hospital y das gracias por aún estar vivo, pero sobre todo, por estar en un hospital. Por vez primera no tendrás que soportar ese frío que te destroza hasta los huesos del invierno de Quebec.
Recuerdas la tarde anterior, cuando te paseabas frente al lugar donde ahora te encuentras, como escuchaste hablar a una señora sobre lo horrenda que era la comida, lo incómodas que eran las camas y como la televisión no era por satélite. Pensabas “Comida gratis, una cama… y tener televisión! Que daría yo…” Que darías por no tener que hurgar la basura, por no tener más que un cartón viejo y una sábana roída; y claro, por ver televisión, como la gente que tiene casa, como la gente que tiene automóvil, como la gente que te mira con desprecio cuando pasa a tu lado…
Fue cuando decidiste internarte en el hospital pero, como? Primero debes estar enfermo, de algo que haga peligrar tu vida para que te admitan. O haber sufrido un accidente, haber sido atacado o algo así. Pero tu salud es buena, incluso para alguien pobre como tu; el frío y la calle te han hecho fuerte. Y quien te atacaría, si no tienes nada que ofrecer, ni te metes con nadie, y mas si la gente ni mirarte quiere, como sería capaz de hacerte daño. Tienes que accidentarte.
Lo piensas, tal vez cayéndote de un árbol o de una escalera. No, eso no es suficiente. Ves los autos pasar y te decides. Ser atropellado seguramente será suficiente para que te lleven a un hospital, pero temes morir en el intento, o que por ser pobre nadie te socorra y te dejen solo en el helado pavimento. Lo meditas un poco y te das cuenta de que vale la pena intentarlo, en fin, si mueres no pierdes mucho.
Mas como vencer ese impulso de supervivencia propio del ser humano? Como hacer que te atropellen? Para que no frenen, que no volanteen, que te golpee el auto y al menos te rompa un hueso. Caminas un poco hasta que llegas a una vía rápida, ves como a los autos se les dificulta frenar por el hielo del camino. Sabes que esa es tu oportunidad. Cierras los ojos, piensas en la comida, en la cama y en la televisión que te espera. Y así, con los ojos cerrados te lanzas corriendo hacia la calle. Solo escuchas un claxon que se acerca, el rechinido de las llantas y luego nada.
Ahora estás en el hospital, te preguntan tu nombre y si intentaste suicidarte. No importa lo que respondas, eres un fantasma para la sociedad y no importa si vives o mueres. Tienes tres costillas y un brazo fracturado, un pulmón perforado y una contusión. Pero no importa, estás en una cama caliente, te dan tres comidas al día y tienes una televisión para ti solo.
Sabes que no durará para siempre, y que no te dejarán entrar a ese hospital otra vez si lo intentas de nuevo, seguramente te curarán y enviarán a la cárcel. La cárcel… cama, comida, techo… Tal vez, cuando te cures, en vez de buscar que alguien te lastime, tu lastimes a alguien…
DICIEMBRE 2011
Despiertas en la cama de un hospital y das gracias por aún estar vivo, pero sobre todo, por estar en un hospital. Por vez primera no tendrás que soportar ese frío que te destroza hasta los huesos del invierno de Quebec.
Recuerdas la tarde anterior, cuando te paseabas frente al lugar donde ahora te encuentras, como escuchaste hablar a una señora sobre lo horrenda que era la comida, lo incómodas que eran las camas y como la televisión no era por satélite. Pensabas “Comida gratis, una cama… y tener televisión! Que daría yo…” Que darías por no tener que hurgar la basura, por no tener más que un cartón viejo y una sábana roída; y claro, por ver televisión, como la gente que tiene casa, como la gente que tiene automóvil, como la gente que te mira con desprecio cuando pasa a tu lado…
Fue cuando decidiste internarte en el hospital pero, como? Primero debes estar enfermo, de algo que haga peligrar tu vida para que te admitan. O haber sufrido un accidente, haber sido atacado o algo así. Pero tu salud es buena, incluso para alguien pobre como tu; el frío y la calle te han hecho fuerte. Y quien te atacaría, si no tienes nada que ofrecer, ni te metes con nadie, y mas si la gente ni mirarte quiere, como sería capaz de hacerte daño. Tienes que accidentarte.
Lo piensas, tal vez cayéndote de un árbol o de una escalera. No, eso no es suficiente. Ves los autos pasar y te decides. Ser atropellado seguramente será suficiente para que te lleven a un hospital, pero temes morir en el intento, o que por ser pobre nadie te socorra y te dejen solo en el helado pavimento. Lo meditas un poco y te das cuenta de que vale la pena intentarlo, en fin, si mueres no pierdes mucho.
Mas como vencer ese impulso de supervivencia propio del ser humano? Como hacer que te atropellen? Para que no frenen, que no volanteen, que te golpee el auto y al menos te rompa un hueso. Caminas un poco hasta que llegas a una vía rápida, ves como a los autos se les dificulta frenar por el hielo del camino. Sabes que esa es tu oportunidad. Cierras los ojos, piensas en la comida, en la cama y en la televisión que te espera. Y así, con los ojos cerrados te lanzas corriendo hacia la calle. Solo escuchas un claxon que se acerca, el rechinido de las llantas y luego nada.
Ahora estás en el hospital, te preguntan tu nombre y si intentaste suicidarte. No importa lo que respondas, eres un fantasma para la sociedad y no importa si vives o mueres. Tienes tres costillas y un brazo fracturado, un pulmón perforado y una contusión. Pero no importa, estás en una cama caliente, te dan tres comidas al día y tienes una televisión para ti solo.
Sabes que no durará para siempre, y que no te dejarán entrar a ese hospital otra vez si lo intentas de nuevo, seguramente te curarán y enviarán a la cárcel. La cárcel… cama, comida, techo… Tal vez, cuando te cures, en vez de buscar que alguien te lastime, tu lastimes a alguien…
DICIEMBRE 2011
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