7 dic 2011

Despertar.

Por: Yunn.

Camino por las calles con lentitud, mientras la lluvia cae sobre mi cuerpo. Tiemblo al sentir al frio aire burlarse de la humedad de mis ropas, de mi piel. Mis cabellos enredados se llenan de agua y mi rostro comienza a recuperar su color natural.

Cuando era más pequeña me gustaba sentir la lluvia contra mi ser. Corría a través de las calles, riendo. No importaba nada, no era consiente de mi situación aún, no tenía preocupaciones.

Un día intuí que era diferente. Al acercarme a un grupo de niños, deseosa de jugar con ellos, se alejaron de mí. Taparon sus narices y, con gestos altivos, se alejaron. Una niña me miró con curiosidad y me sonrió. Se me acercaba lentamente, pero se detuvo al sentir a otra sujetarle de la mano y susurrarle algo. En ese momento la niña viró y se fue. Me dejaron sola.

Al día siguiente la niña regresó. Sus cabellos estaban limpios, a comparación de los míos. Los de ella eran del color del sol, brillaban y su rostro angelical me sonreía. Jugué un rato a su lado; cuando uníamos nuestras manos notaba que las de ella eran blancas como la nieve, mientras que las mías eran casi negras, como las cenizas. Ignoraba el hecho.

Se llamaba Sarah. Es la única niña que he osado llamar amiga en este corto y tortuoso tiempo de vida. Aún recuerdo sus vestidos tan cuidados, sin ningún parche, más bellos que los míos. También sus zapatitos, que cambiaban día con día. A veces eran blancos, a veces negros, a veces azules.

Nunca olvidaré esos moñitos que anudaban sus coletas.

Transcurrió un tiempo, hasta que decidió llevarme a su casa un día en que la lluvia caía y mojaba nuestras pestañas. Admiré su enorme hogar con fascinación y comprendí que yo no tenía un lugar parecido. Que éramos diferentes, porque ella tenía un techo y yo dormía en las calles, sufriendo de frio.

Fresca en mi memoria se encuentra el rostro asqueado de su madre al verme y sus gritos contra su hija: “¿De dónde has sacado la idea de que puedes traer a casa a repugnantes niñas como esta? ¿No captas su horrible olor?”

Huí de los alaridos y amenazantes puños de la mujer. Jamás volví a ver a Sarah, hasta hoy.

Ella había crecido, también yo. Sus cabellos rubios ya no eran largos y tampoco los sujetaba con moños. Había cambiado los vestidos por un par de jeans y sus zapatitos por un par de tenis converse. Sin embargo, era ella. Lo sabía por ese brillo peculiar de sus ojos.

No me reconoció. En su rostro mostró un gesto de desagrado con mi presencia en su campo visual. Me decepcioné. Desperté, entendí porque personas como ella no me quieren: Soy pobre. No tengo un hogar, ni familia, ni ropa, no sé hablar.

Pero, a pesar de toda una vida en este estado, me pregunto porque la gente me rechaza, me grita, me maldice, trasgrede mis derechos. Creo que han olvidado que, a pesar de ser víctima de una pobreza inmensa, sigo siendo un ser humano.


DICIEMBRE 2011

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