Por: Sohfia Rartegui.
Deseos enmarañados, dobleces en mi papel amarillo, rasguños, rastros de lágrimas en sus mejillas pálidas.
¿Por qué me dejas? Eres una carga para mí. ¿Es que acaso alguna vez fue verdad? Tú fingiste lo que quisiste ver, adecuaste cada palabra y cada mirada a favor tuyo, punto.
¿Y todo lo que vivimos juntos, (qué pasa, por qué)?, ¿No, n-no r-recuerdas ese día, c-cuando caímos al precipicio… y flotamos t-tom-mados de la mano?... Sus piernas no podían más, no creía lo que sus oídos veían. Ni lo que sus ojos escuchaban a través de los suyos.
Seguía sin entender, creía estar en clara pesadilla, el fondo del cuadro: difuso, todo trastornado; ella no veía, tan sólo creía estar dormida. Un silencio espectral y lo demás en blanco (un blanco muy oscuro, a decir verdad) Buscaba sus ojos, algún recuerdo de su ternura, su cariño, anhelaba encontrarlo y se atrevió a mirarlo; por más que quiso no logró encontrar ni un ínfimo detalle que le despertara de aquel mal sueño, todo frialdad, todo sequedad, todo desecho.
Pero, es que… yo… yo… yo te quiero… La última frase se fue como un suspiro suave y distante, ya no esperaba una respuesta, no quería escucharlo, no, no, todo menos esa voz que cada vez se volvía más desconocida, ya extrañada, ya alejada. Sintió por primera vez el vacío hueco. El golpe a las costillas y el dolor subsecuente en el corazón.
Y en ese momento supe que no me querías más (¿alguna vez lo hiciste?). En el peor momento dejamos de ser dos solitarios encontrados por el mismo hilo desnudo. Cuántas veces me procuraste los “te amo”s y cuántas veces deseé creer en ellos. Tan sólo son palabras, que se amoldan al lugar y a la situación, porque en ese tiempo éramos felices, época más olvidada que la infancia; y pensar que hacía poco éramos almas perdidas, unidas por la misma soledad.
Allí compartíamos, y ahí era recíproco, ahí, en el secreto del recuerdo no se ve el día que pedí no ser dejada, en ese lugar no cabe espacio para la piedra sucia y fría que convirtió mi estanque en un pantano.
Solo resguarda dulce brisa tibia, manos y labios encontrados entre miles de partículas, sólo un Tú y un Yo que debimos vivir eternos en aquellos momentos que ahora son recuerdos. Y nada más perdura, todo es líquido después de eso.
Transparencia. Sus ojos con sus gotas saladas. Transparentes.
Y sus evocaciones y cada memoria que guarda egoístamente son parte de ella, sola siempre con ella misma.
Inacabable y sola.
Sola e implacable.
Ella, aquí, con soledad irreversible.
Él y Ella, aquí, con soledad eterna.
JUNIO 2012
Deseos enmarañados, dobleces en mi papel amarillo, rasguños, rastros de lágrimas en sus mejillas pálidas.
¿Por qué me dejas? Eres una carga para mí. ¿Es que acaso alguna vez fue verdad? Tú fingiste lo que quisiste ver, adecuaste cada palabra y cada mirada a favor tuyo, punto.
¿Y todo lo que vivimos juntos, (qué pasa, por qué)?, ¿No, n-no r-recuerdas ese día, c-cuando caímos al precipicio… y flotamos t-tom-mados de la mano?... Sus piernas no podían más, no creía lo que sus oídos veían. Ni lo que sus ojos escuchaban a través de los suyos.
Seguía sin entender, creía estar en clara pesadilla, el fondo del cuadro: difuso, todo trastornado; ella no veía, tan sólo creía estar dormida. Un silencio espectral y lo demás en blanco (un blanco muy oscuro, a decir verdad) Buscaba sus ojos, algún recuerdo de su ternura, su cariño, anhelaba encontrarlo y se atrevió a mirarlo; por más que quiso no logró encontrar ni un ínfimo detalle que le despertara de aquel mal sueño, todo frialdad, todo sequedad, todo desecho.
Pero, es que… yo… yo… yo te quiero… La última frase se fue como un suspiro suave y distante, ya no esperaba una respuesta, no quería escucharlo, no, no, todo menos esa voz que cada vez se volvía más desconocida, ya extrañada, ya alejada. Sintió por primera vez el vacío hueco. El golpe a las costillas y el dolor subsecuente en el corazón.
Y en ese momento supe que no me querías más (¿alguna vez lo hiciste?). En el peor momento dejamos de ser dos solitarios encontrados por el mismo hilo desnudo. Cuántas veces me procuraste los “te amo”s y cuántas veces deseé creer en ellos. Tan sólo son palabras, que se amoldan al lugar y a la situación, porque en ese tiempo éramos felices, época más olvidada que la infancia; y pensar que hacía poco éramos almas perdidas, unidas por la misma soledad.
Allí compartíamos, y ahí era recíproco, ahí, en el secreto del recuerdo no se ve el día que pedí no ser dejada, en ese lugar no cabe espacio para la piedra sucia y fría que convirtió mi estanque en un pantano.
Solo resguarda dulce brisa tibia, manos y labios encontrados entre miles de partículas, sólo un Tú y un Yo que debimos vivir eternos en aquellos momentos que ahora son recuerdos. Y nada más perdura, todo es líquido después de eso.
Transparencia. Sus ojos con sus gotas saladas. Transparentes.
Y sus evocaciones y cada memoria que guarda egoístamente son parte de ella, sola siempre con ella misma.
Inacabable y sola.
Sola e implacable.
Ella, aquí, con soledad irreversible.
Él y Ella, aquí, con soledad eterna.
JUNIO 2012
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