11 ene 2012

La Estrella del fin del Mundo

Por: Xiuhcoatl.


Fabián estaba como siempre, investigando las ruinas de la antigua pirámide azteca construida hacía más de seiscientos años. Los últimos dos años de su vida, Fabián había investigado, escarbado y hasta casi profanado aquella construcción antigua que lo fascinaba enormemente. Su investigación había rendido frutos poco a poco. Mas o menos cada semana encontraba piezas de antiguas vasijas de barro utilizadas por los comerciantes que llegaban al centro de intercambio que representaba la ciudad construida alrededor de la pirámide, o algún otro vestigio de la civilización azteca y otras mas que tuvieron convivencia en la zona. Cierta vez encontró una entrada a la estructura interna marcada por una puerta en el suelo de la cima con un símbolo que representaba al parecer al dios Huitzilopochtli, aunque podía tener varias interpretaciones de diferentes dioses. Fabián en ocasiones fantaseaba con encontrar en la pirámide un civilización perdida que tuvo contacto con las antiguas culturas precolombinas y que dejó sus huellas marcadas en su arquitectura, dioses y costumbres, ya que el dios representado por el símbolo en la puerta trampa confundía en ocasiones a Fabián haciéndole pensar en dioses griegos, persas o incluso egipcios. El mismo se ridiculizaba para sus adentros diciéndose que era imposible aquello.

Una ocasión al entrar a la pirámide por segunda vez encontró también un pasillo que lo llevaba a cuatro habitaciones distribuidas a lo largo y los lados del mismo. Mediante estudios con radares y excavaciones determinó que se encontraba a cuatro metros de profundidad en el suelo. Encontró en dos de las habitaciones tumbas, las cuales, de acuerdo con los grabados que tenían, correspondían a dos gobernantes de la ciudad. Las otras dos habitaciones estaban totalmente vacías, solamente tenían pinturas y grabados representando a sus dioses y leyendas. La habitación que se encontraba a la derecha del pasillo no tenía nada en especial después de haber investigado varios días. Entonces se internó en el cuarto continuo.

Al entrar una peste horrible, como de carne putrefacta llego a su nariz. Alumbró con su lámpara y observo que estaba totalmente vacía, lo único que tenía eran pinturas, pinturas terribles y grotescas, que representaban las escenas más terribles que se podía haber imaginado. Estas imágenes al parecer representaban un sacrificio ritual que, según los diferentes símbolos escritos por alguna razón en idioma maya, se realizaba cada 600 años en ese mismo salón de la muerte para evitar la ira de un dios desconocido y la destrucción total del mundo conocido y por conocer. Cuando Fabián alumbro el lado izquierdo con su lámpara vio algo que le sorprendió y que, por algún extraño motivo, le lleno de terror, no solo había escritos en maya, sino también en lenguas antiguas como el griego, hebreo, sánscrito, y muchas otras cuyos símbolos no podía ni siquiera reconocer. Lo único que podía reconocer exactamente era la leyenda en maya que se ubicaba en la parte superior de todos los escritos. Era un mensaje que exponía los términos y condiciones del sacrificio ritual para evitar la ira del “dios que no debía de ser adorado”. Su mente no podía soportar lo que el mensaje decía y explicitaba sobre las especificaciones del asesinato, pues obviamente se trataba de una sola persona a la que sacrificar, ya que indicaba “un alma cada seiscientos años”.

Sentía un energía que le impedía moverse y despegar sus ojos de tal horripilante escena. En un último intento de moverse e irse de ese lugar profano, justo cuando se dio la vuelta hacia el umbral por donde había entrado, mientras una mano descarnada lo tomaba de un brazo y otra le ponía en la frente un medallón extraño que era lo que parecía una estrella del caos rodeada con dos círculos que delimitaban a 3 puntos de la estrella unida por un triángulo inverso. En ese momento sintió como un cuchillo enorme entraba por su columna y vio una luz que proyectaba en lo más profundo de su mente imágenes de agonía y muerte del mundo, caos por todo el planeta y destrucción indiscriminada a la humanidad, escenas de violencia y temor, todo un apocalipsis fantasmagórico que impedía poner resistencia a sus asesinos. Vio en el abismo de su cordura cientos de almas sacrificadas que le llamaban en medio de lamentos y le exclamaban agradecimientos terribles por salvar a la humanidad seiscientos años más. Poco a poco sintió como abandonaba su cuerpo y se unía a esas almas condenadas.

Pasaron cuatro semanas cuando el arqueólogo Ramón Minares, junto con la ayuda de varios hombres, logro mover la gran piedra que bloqueaba la sepultura de Fabián. Al mover la piedra enorme les abrazó un olor de putrefacción que casi los vuelve locos, al alumbrar con la lámpara solo vieron un cráneo unido aún al tórax con un medallón de oro en el cuello.


ENERO 2012

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