Por: Alexpor.
En el inicio de la era del hombre, todo era perfecto, saludable y armonioso; aunque quizás era hostil, la hostilidad denotaba inocencia en el inicio.
Había muchos relatos acerca de la creación del hombre, la mayoría aseguraba que él era superior a todo lo que existía en la Tierra. Se decía también que los dioses crearon al mortal para que nombrara y alabara todo lo que tenía a su alrededor.
El hombre fue dotado de lógica, del razonamiento que lo hizo superior a todos los demás animales que poblaban el fértil paraíso.
Lo que más se difundía antes era que el hombre había descendido de otra especie; producto de la “evolución”, le llamaban. Esta idea destruyó todos los demás mitos, aun cuando aquellos eran más hermosos.
Y sin embargo, independientemente del origen, el hombre convivía con su ambiente, aprovechaba recursos, vivía de lo que la Tierra le ofrecía, y luego formaban parte de ella, para dar vida a otro individuo, de la misma especie o de una diferente; se seguía, en fin, un ciclo para preservar la humanidad.
Esa especie dotada ―o quizá maldecida― con el don de la razón, fue poblando y dominando al mundo; forjó entonces civilizaciones en las que quizá se pecaba de superioridad, pero nunca de arrogancia. El hombre de aquellos tiempos “amaba el canto del cenzontle, el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero amaba más a su hermano el hombre”. Un sentimiento valioso y recíproco, que regía el pensamiento humano.
El tiempo pasó, el hombre comenzó a descubrir al hombre y juntos duplicaron la especie y dieron origen a nuevos individuos; producto del “mestizaje”, le llamaban.
Nuevas ideas, principios, la evolución del hombre no era tal, parecían retroceder; en busca de nuevas cosas, olvidaban la armonía que algún tiempo atrás habían vivido.
Ya tiempo antes, habían comenzado batallas entre ellos. Ya fuese por desacuerdos, por ideales, el hombre comenzaba a destruirse; sin embargo, esas batallas eran inocentes comparadas con las que el hombre había reservado para sí mismo.
Así transcurría el tiempo; más guerras espantosas, buscando que se aceptase la superioridad de unos ¿qué no eran hermanos? ¿Por qué ser mejor que el hermano? ¿Por qué el hombre debía ser mejor que el hombre?
Así se seguía, con malos hábitos y más conflictos. Algunos hombres, diferentes por el color de su tez, no debían tener un buen trato, y eso se había arrastrado desde que el hombre descubrió al hombre.
Los máximos conflictos acabaron, pero había más esperando, acechando la estabilidad de la civilización humana. Algún esperanzado “imaginaba” un mundo mejor; otro en busca de la paz, pero su tiempo cesó y ya no había nadie que detuviera el hombre.
Nuevas batallas. Usaban herramientas que ni ellos podían controlar. Durante muchas décadas sólo se escuchaba gritos, alaridos, desastre. El hombre estaba matando a su hermano, matando a su madre: la Tierra. No hubo piedad durante esa guerra; muchas veces se destruía una porción más de la Naturaleza. Al final ya no se discriminaba entre jóvenes, viejos o hembras; el hombre acabó con el hombre, y el tiempo cesó…
Ahora predominaba la aridez, la nada. Había sido el hombre, que ya no amaba a su hermano. Lo destruyó todo aquél que había venido a alabarlo.
Ya no se podía apreciar el color del jade, el perfume de las flores. Ahora sólo se podía escuchar este canto del cenzontle, que retumbaba en ecos eternos y vacíos, pues ahora se había extinguido la voz del hermano hombre.
ENERO 2012
En el inicio de la era del hombre, todo era perfecto, saludable y armonioso; aunque quizás era hostil, la hostilidad denotaba inocencia en el inicio.
Había muchos relatos acerca de la creación del hombre, la mayoría aseguraba que él era superior a todo lo que existía en la Tierra. Se decía también que los dioses crearon al mortal para que nombrara y alabara todo lo que tenía a su alrededor.
El hombre fue dotado de lógica, del razonamiento que lo hizo superior a todos los demás animales que poblaban el fértil paraíso.
Lo que más se difundía antes era que el hombre había descendido de otra especie; producto de la “evolución”, le llamaban. Esta idea destruyó todos los demás mitos, aun cuando aquellos eran más hermosos.
Y sin embargo, independientemente del origen, el hombre convivía con su ambiente, aprovechaba recursos, vivía de lo que la Tierra le ofrecía, y luego formaban parte de ella, para dar vida a otro individuo, de la misma especie o de una diferente; se seguía, en fin, un ciclo para preservar la humanidad.
Esa especie dotada ―o quizá maldecida― con el don de la razón, fue poblando y dominando al mundo; forjó entonces civilizaciones en las que quizá se pecaba de superioridad, pero nunca de arrogancia. El hombre de aquellos tiempos “amaba el canto del cenzontle, el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero amaba más a su hermano el hombre”. Un sentimiento valioso y recíproco, que regía el pensamiento humano.
El tiempo pasó, el hombre comenzó a descubrir al hombre y juntos duplicaron la especie y dieron origen a nuevos individuos; producto del “mestizaje”, le llamaban.
Nuevas ideas, principios, la evolución del hombre no era tal, parecían retroceder; en busca de nuevas cosas, olvidaban la armonía que algún tiempo atrás habían vivido.
Ya tiempo antes, habían comenzado batallas entre ellos. Ya fuese por desacuerdos, por ideales, el hombre comenzaba a destruirse; sin embargo, esas batallas eran inocentes comparadas con las que el hombre había reservado para sí mismo.
Así transcurría el tiempo; más guerras espantosas, buscando que se aceptase la superioridad de unos ¿qué no eran hermanos? ¿Por qué ser mejor que el hermano? ¿Por qué el hombre debía ser mejor que el hombre?
Así se seguía, con malos hábitos y más conflictos. Algunos hombres, diferentes por el color de su tez, no debían tener un buen trato, y eso se había arrastrado desde que el hombre descubrió al hombre.
Los máximos conflictos acabaron, pero había más esperando, acechando la estabilidad de la civilización humana. Algún esperanzado “imaginaba” un mundo mejor; otro en busca de la paz, pero su tiempo cesó y ya no había nadie que detuviera el hombre.
Nuevas batallas. Usaban herramientas que ni ellos podían controlar. Durante muchas décadas sólo se escuchaba gritos, alaridos, desastre. El hombre estaba matando a su hermano, matando a su madre: la Tierra. No hubo piedad durante esa guerra; muchas veces se destruía una porción más de la Naturaleza. Al final ya no se discriminaba entre jóvenes, viejos o hembras; el hombre acabó con el hombre, y el tiempo cesó…
Ahora predominaba la aridez, la nada. Había sido el hombre, que ya no amaba a su hermano. Lo destruyó todo aquél que había venido a alabarlo.
Ya no se podía apreciar el color del jade, el perfume de las flores. Ahora sólo se podía escuchar este canto del cenzontle, que retumbaba en ecos eternos y vacíos, pues ahora se había extinguido la voz del hermano hombre.
ENERO 2012
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